Compartir el voluntariado como madre e hija

Sep 23, 2026

Compartir el voluntariado como madre e hija

Sep 23, 2026

Raquel conoció la Fundación de la Esperanza un día que pasaba por delante, y se decidió a entrar. «Pregunté si podía hacer una entrevista para que me explicaran qué opciones de voluntariado había, y quería saber si necesitaban gente y si mi perfil podría encajar», explica. Ahora, ya hace tres años que dedica una tarde a la semana al refuerzo educativo con adolescentes.

El curso pasado, Aina, su hija, decidió seguirle los pasos e incorporarse como voluntaria en uno de los grupos de primaria. Entre risas, reconoce que fue su madre quién la “arrastró” a probarlo. Después de un curso, pero, ya no necesita que nadie la convenza: «Es el mejor día de la semana. Vengo muy contenta, y también me voy supercontenta», dice. Es estudiante universitaria y dedica la tarde que tiene libre al voluntariado. 

Madre e hija comparten ahora una experiencia que viven desde momentos vitales diferentes, y con una misma ilusión muy palpable cuando hablan de ello. 

Más allá de los deberes: autoestima y autonomía

Cada tarde, trabajan junto a una educadora de referencia, que acompaña a los niños y adolescentes durante toda la semana, y que las hace sentir seguras en el trabajo que hacen. El refuerzo educativo ocupa una parte importante de la sesión, pero también hay espacio para conversar, jugar, hacer deporte o trabajar la participación como grupo. 

Con el tiempo, Raquel ha entendido que su aportación va mucho más allá de ayudar con un ejercicio o preparar un examen. Insiste en el refuerzo positivo. Valorar unos buenos apuntes o hacer notar una mejora puede parecer un gesto pequeño, pero ella ha comprobado el efecto que puede tener en el desarrollo de los adolescentes y en su autoestima. Recuerda a una chica convencida que las matemáticas no se le daban bien. Después de ayudarla y animarla durante unas semanas, empezó a ver una mejora en los resultados: «Pasó a aprobarlo todo y a decir: ‘Uau, qué buena que soy en mates!’».

«A veces nos fijamos más rápidamente en las cosas negativas que en las positivas, y se trata de educar el ojo y el oído a las cosas positivas, y también de transmitirlas», resume. 

La manera de entender el refuerzo educativo de Aina también ha ido evolucionando. «Al principio, por ejemplo, me frustraba no tener tiempo para hacer todos los deberes con ellos», empieza. Ahora pone el foco en darles herramientas para que puedan ser cada vez más autónomos: «Lo importante es darles una herramienta para estudiar: no tanto enseñarles la lección como enseñarles a hacer un esquema. Saber hacerlo les servirá en otras ocasiones».

Dos maneras de acompañar

La diferencia entre la etapa vital en que se encuentran Raquel y Aina hace que cada una establezca la relación con niños y adolescentes desde lugares diferentes. 

Aina es de una generación próxima a la de los alumnos y esto le abre una puerta: «Se crea un vínculo muy especial, soy una más de la clase. Ciertas cosas que les pasan y que no explican mucho, a mí sí que me las explican, porque tienen más confianza por la proximidad de edad».

Raquel aporta una experiencia de vida más amplia. Les ayuda con los deberes, pero también está abierta a tratar cuestiones que exceden lo académico y que forman parte del desarrollo personal de los adolescentes. «Cuando te preguntan sobre un tema que no es de estudios, creo que darles una visión o hacerlos reflexionar es tan importante como el refuerzo educativo, o más».

Salir de la propia burbuja

El voluntariado también ha modificado la mirada de ambas. Para Aina, ha sido una manera de conocer más de cerca realidades que conviven en Barcelona pero que hasta ahora quedaban fuera de su día a día. «Me hace ser más consciente de las dificultades que pueden tener unos niños que viven en la misma ciudad que yo, cerca mío, y entender que no todo el mundo tiene las mismas circunstancias de vida».

Raquel habla de prejuicios, y de cómo se le han ido cayendo con el tiempo. «Creo que puede haber prejuicios: "vas a un colectivo de alta complejidad", "vas con niños del Raval o del Gótico"…». El comportamiento de los grupos, la camaradería que hay entre ellos y la manera como se relacionan con otros niños en actividades fuera del espacio de refuerzo han ido desmontando las ideas preconcebidas que son comunes en la sociedad. 

También se han enriquecido de las relaciones intergeneracionales e interculturales que han establecido con los niños y adolescentes. «Como hay tantas culturas, vas aprendiendo: la música, una manera de cocinar…», dice Aina. Su madre lo confirma: más de una vez ha llegado a casa preguntando por un grupo de música que le acababan de descubrir.

El voluntariado también transforma a quien acompaña

Hacer voluntariado en un mismo proyecto también les ha permitido conocerse desde un lugar diferente.

Raquel conocía el carácter cuidador de su hija en el ámbito familiar, pero verla relacionarse con los niños le ha permitido descubrir esta misma faceta fuera de su entorno habitual. «Ahora la he visto en otro ambiente y me hace sentir muy orgullosa».

Aina, por su parte, dice que ha confirmado la generosidad y la facilidad de su madre para conectar con las personas. Ahora entiende mejor por qué, después de casi tres años, continúa reservando una tarde de la semana para venir a la Fundación.

Esta es también una de las ideas que las dos comparten: el voluntariado no solo aporta a las personas que reciben el acompañamiento.

Aina recuerda una semana en la que no pudo ir porque tenía un examen en la universidad. «La semana siguiente entré y todo el mundo me vino a abrazar. Y dices: algo he tenido que hacer bien para que me reciban así». También recuerda el momento en que vuelven de un examen diciendo que han aprobado: «Es lo mejor que te pueden decir».

Raquel, explica: «Para mí lo más importante es verlos con cara de satisfacción: "lo he conseguido", "yo valgo". Que realmente haya autoestima, autorreconocimiento de lo que son capaces de hacer. Se les nota».

Quizás por eso, las dos coinciden al recomendar el voluntariado a su entorno, y a todo aquel que se lo haya planteado alguna vez. «Lo que falta no son ganas: falta dar el primer paso. Atreverse a hacer la llamada, a entrar por la puerta. No se arrepentirán». 

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