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	<title>Històries d&#8217;Esperança | Fundació Esperança</title>
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	<title>Històries d&#8217;Esperança | Fundació Esperança</title>
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	<item>
		<title>La receta de un plan redondo</title>
		<link>https://www.fundacioesperanca.org/es/la-recepta-dun-pla-rodo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[omada]]></dc:creator>
		<pubdate>Thu, 27 Jun 2024 06:44:00 +0000</pubdate>
				<category><![CDATA[Autoocupació]]></category>
		<category><![CDATA[Històries d'Esperança]]></category>
		<category><![CDATA[Testimoni]]></category>
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					<description><![CDATA[Un pastís de formatge no havia donat mai per a tant, o gairebé mai. D’un primer cheesecake preparat a casa per matar el temps lliure a un negoci que elabora vint unitats d’aquest saborós pastís cada dia, a més d’altres pastissos i dolços, només hi van uns pocs anys. La recepta? Passió, esforç, un pessic [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p class="has-drop-cap wp-block-paragraph"><mark style="background-color:rgba(0, 0, 0, 0)" class="has-inline-color has-luminous-vivid-amber-color">N</mark>unca, o casi nunca, un pastel de queso había dado para tanto. De un primer cheesecake preparado en casa para matar el tiempo libre a un negocio que elabora veinte unidades de esta sabrosa tarta cada día, además de otros pasteles y dulces, solo median unos pocos años. ¿La receta? Pasión, esfuerzo, un pellizco de suerte, amor por un trabajo bien hecho y el acompañamiento de la Fundación de la Esperanza. Dulzura Mía es hoy un sueño consolidado, el sueño de Oner y Diana, que planea crecer con nuevos productos y nuevas aperturas de tiendas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El emprendimiento corre por las venas de Oner. Lo vivió en su casa, en Venezuela. Hijo de comerciantes, sus padres pusieron en marcha diferentes negocios. Él también lo intentó con apenas dieciocho años, pero después de haber hecho todo el trabajo de campo, el estudio de mercado, de haber averiguado qué necesitaba para abrir una pizzería, otro se quedó con su idea y con su negocio. La experiencia le dejó un sabor agridulce, pero no acabó con sus ganas de emprender y de volar. En 2007, pocos días antes de cumplir los veintiuno, viajó hasta Sitges, donde ya vivía una de sus hermanas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con ganas de comerse el mundo, Oner fue rodando de cocina en cocina, ya fuera en un chiringuito de playa, en un bar de comidas o en un restaurante de postín. En Sitges, en Vilanova i la Geltrú, en Cubelles, en Barcelona... Aprendió cocina entre brasas, sartenes y cacerolas, descubrió nuevos productos e introdujo en los menús otros muy apreciados en su tierra, como el mango verde. Su proceso de formación como chef culminó cuando en Barcelona trabajó para un reputado cocinero del que aprendió también los secretos de la repostería y unas cuantas recetas que, aún hoy, sigue elaborando.&nbsp;</p>



<p class="has-text-align-center has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Durante largos meses, la fundación ayudó a Oner a elaborar un plan de negocio que fuese viable.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Y fue trabajando en un restaurante de este chef que Oner conoció a Diana, una joven rusa que justo acababa de terminar en Barcelona un máster y que, por ganarse unos euros, hacía unas horas en este local de El Born recibiendo a los clientes. Cerró el restaurante y, ya como pareja, se trasladaron de nuevo a Sitges, donde la hermana de Oner les ofreció trabajo. A él, para llevar un restaurante de comida a la brasa que acababa de abrir con un socio; a ella, que ya había decidido quedarse en España, sirviendo copas en un pub. Y allí, por llenar el tiempo libre, Diana preparó su primer pastel de queso. El resultado fue... ¡espectacular!</p>



<p class="wp-block-paragraph">La aventura en Sitges llegó a su fin, también con un sabor agridulce para Oner, que vio cómo las promesas económicas que le habían hecho no se cumplían. Vuelta a Barcelona. Gracias a su experiencia y a un cuidado book de presentación, con fotos de sus creaciones gastronómicas, a Oner no le fue difícil encontrar trabajo. Recibió el encargo de poner en marcha desde cero un restaurante especializado en brunch. Los primeros proveedores de tartas que tuvo no resultaron de su agrado; él, que sabe de repostería, pensaba que no era un producto de calidad. Así que planteó que Diana preparara su cheesecake para servir en el restaurante. La idea fue aceptada por los propietarios, que plantearon también que por qué no hacía otras tartas, como la de zanahoria o la vistosa red velvet. Con la ayuda y los conocimientos de Oner, Diana se puso manos a la obra, buceó en recetas, investigó ingredientes y probó y probó hasta que las tartas salieron de su horno con una nota de diez. Unos meses después, el proyecto se truncó para Oner. Se quedó en el paro. Y casi al mismo tiempo que él perdía el empleo, Diana supo que estaba embarazada de su primera hija, Yara. ¿Y ahora qué? Pues a hacer tartas y a venderlas en restaurantes. Dicho y hecho, porque así de resolutivo es Oner. Iban tirando, pero había que ir un paso más allá para formalizar la situación y poder facturar a los clientes. Oner pensó en capitalizar el poco paro que tenía y darse de alta en autónomos. Y eso ¿cómo se hace? Fue a su oficina bancaria para buscar consejo y ayuda y lo que encontró fue más que eso. Halló la llave de paso de su futuro. De allí lo derivaron a la Fundación de la Esperanza, donde le dieron la mano y lo acompañaron hasta que esa idea de negocio, Dulzura Mía, fue una realidad.</p>



<figure class="wp-block-pullquote has-medium-font-size"><blockquote><p><em>“Dulzura Mía es hoy un sueño consolidado, el sueño de Oner y Diana.”</em></p></blockquote></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Roser, la responsable de la línea de autoempleo de la Fundación de la Esperanza, aportó el seny; Oner, la rauxa. Lo primero que se hizo desde la Fundación de la Esperanza fue ayudar a Oner en el proceso de darse de alta en la Seguridad Social como trabajador autónomo. Con eso, ya podía facturar y buscar más clientes. Pero treinta tartas a la semana no eran suficientes para acceder a financiación. Así que Oner y Diana se lanzaron a buscar más clientes, a vender más tartas... Del horno de su casa cada noche salían más y más pasteles. Con mejores números, la fundación lo empezó a ver más claro y durante largos meses ayudó a Oner a elaborar el plan de negocio para demostrar su viabilidad y solidez cara a obtener el microcrédito de MicroBank. Para su obtención, era imprescindible contar con un local en el que instalar el obrador. Semanas de búsqueda infructuosa hasta que un buen día, mirando por la ventana de la cocina de su casa, Oner vio que en los pisos que estaban construyendo a la vuelta de la esquina acababan de colocar una salida de humos. ¡Eureka! Ahí estaba su salida de humos. Fue a interesarse por el local, presentó una detallada propuesta sobre el negocio que quería montar en él y la suerte quiso que la propietaria, que había hecho su patrimonio en el sector de las panaderías, confiara en él. No solo se avenía a alquilar el local, sino que les daba cuatro meses de carencia –en lugar de los dos que Oner había solicitado– para que pudieran acondicionar el espacio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con el precontrato de alquiler corrió a la fundación, que, con la misma rapidez, inició los trámites para que le fuera concedido un microcrédito de 25.000 euros a devolver en seis años. Casi la mitad del préstamo se fue en comprar electrodomésticos y otra parte importante en adaptar el local a las necesidades del futuro negocio. En julio de 2019, Dulzura Mía estrenaba su obrador y una pequeña tienda, con una vitrina, para satisfacer la creciente demanda de los restaurantes y captar al público de la calle. Por aquel entonces, Oner y Diana ya elaboraban cien tartas a la semana. Unas tartas que, por cierto, repartían en bicicleta. Cuando pudieron, se compraron una bici eléctrica para hacer más fácil y rápida la distribución.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El negocio marchaba y ellos, con su pequeña Yara de dos años, eran felices. Para captar más clientes particulares, firmaron un contrato con una plataforma de reparto de comida a domicilio. Pero llegó la pandemia y el estado de alarma, que llevó a los restaurantes al cierre. Los hornos de Dulzura Mía empezaron a funcionar a medio gas; casi no tenían a quien vender. Hasta que firmaron un contrato con otra plataforma de reparto de comida a domicilio y, a partir de ahí, la máquina que avisa de los pedidos no dejó de sonar. Recibieron incluso uno desde el extranjero, una mujer de Alemania que quería enviar un pastel a su hijo que vivía en Barcelona. También de un cliente que clicó en todos los productos disponibles, desde tartas enteras hasta porciones, por un importe superior a trescientos euros. Y no era un error, no, el cliente sabía que su mujer quería algo dulce y la obsequió con toda la tienda. Día de la Madre, monas de Pascua, cumpleaños..., hornos a tope. Y ahí fue cuando Oner vio la oportunidad de reorientar el negocio. No más restaurantes, de los cuales algunos tardaron meses en saldar su deuda de la pandemia con Dulzura Mía, y a focalizarse en el cliente particular.</p>



<figure class="wp-block-pullquote has-medium-font-size"><blockquote><p><em>“Ahora, cada paso que da está meditado. No se pueden dar pasos en falso.”</em></p></blockquote></figure>



<p class="wp-block-paragraph">La Fundación de la Esperanza se preocupó por ellos durante el confinamiento, llamaba para saber cómo les iba y fue quien les puso sobre la pista de los préstamos extraordinarios que se estaban concediendo para paliar los efectos de la pandemia. Gracias a uno de estos créditos, pudieron abrir una segunda tienda. Y ya van por cinco, en diferentes ubicaciones de Barcelona, con más de veinte trabajadores contratados que comparten sus mismos valores y su pasión por el trabajo bien hecho. Oner y Diana son plenamente conscientes de que con cada puesto de trabajo que crean ayudan a un grupo familiar y eso les llena de orgullo. Una familia que crece en el plano laboral, pero también en el personal. La pareja dio en 2021 la bienvenida a su segunda hija, Adriana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Oner sabe que sin la Fundación de la Esperanza la historia de Dulzura Mía sería otra. Allí aprendió a madurar las ideas, a tener toda la información antes de lanzarse de cabeza a un proyecto. El seny frente a la rauxa. Ahora, cada paso que da está meditado, bien preparado y planificado. No se pueden dar pasos en falso. Y es con todo este aprendizaje que Oner y Diana preparan la expansión de Dulzura Mía a otros barrios de Barcelona y a localidades periféricas y planean abrir un local para servir brunch. Poco a poco, haciéndolo cada día un poco mejor, siendo honestos consigo mismos y con sus clientes. Para seguir con su plan tan redondo como sus deliciosas tartas.</p>



<p class="has-text-align-center has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Con cada puesto de trabajo que crean ayudan a un grupo familiar y eso les llena de orgullo.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Enseñanzas más allá de las matemáticas </title>
		<link>https://www.fundacioesperanca.org/es/ensenyances-mes-enlla-de-les-matematiques/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[omada]]></dc:creator>
		<pubdate>Fri, 31 May 2024 14:08:23 +0000</pubdate>
				<category><![CDATA[Històries d'Esperança]]></category>
		<category><![CDATA[Testimoni]]></category>
		<guid ispermalink="false">https://www.fundacioesperanca.org/?p=7159</guid>

					<description><![CDATA[Podria treballar més hores per escalar posicions a l’empresa, podria muntar un negoci propi per sentir l’adrenalina de l’emprenedoria, es podria asseure a llegir qualsevol de les gairebé quatre-centes obres de física i matemàtiques que té a la biblioteca&#8230; En lloc d’això, l’Antonio posa el seu temps, valors i coneixements al servei de joves en [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p class="has-drop-cap wp-block-paragraph"><mark style="background-color:rgba(0, 0, 0, 0)" class="has-inline-color has-luminous-vivid-amber-color">P</mark>odría trabajar más horas para escalar posiciones en la empresa, podría montar su propio negocio para sentir la adrenalina del emprendimiento, podría sentarse a leer cualquiera de las casi cuatrocientas obras de física y matemáticas que conforman su biblioteca... En lugar de eso, Antonio pone su tiempo, sus valores y sus conocimientos al servicio de jóvenes en situación de vulnerabilidad social de Ciutat Vella en calidad de voluntario de la Fundación de la Esperanza. Ha recibido tanto de la vida, ha tenido tanta suerte con sus padres, su esposa, sus tres hijos, el trabajo y los bienes materiales que siente que tiene la obligación moral de devolver algo a la sociedad. Y lo hace sin esperar nada a cambio. Con un “gracias” de los jóvenes estudiantes, se siente más que pagado. La riqueza no siempre se mide en dinero.</p>



<p class="has-text-align-center has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Hace ocho años decidió colaborar como voluntario. Hoy sigue, tres tardes por semana.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Hubo un tiempo en que Antonio, el tercero de cinco hermanos de una familia de payeses de Riudoms (Baix Camp), vivía para trabajar, para triunfar. Estaba en modo éxito. Éxito económico. Licenciado en Física, y tras una breve experiencia laboral en un laboratorio, que dejó porque no le acababa de gustar lo que hacía, empezó a trabajar en una recién nacida empresa –hoy se hablaría de ella como una start-up– de restauración. Su prioridad eran las ventas, los márgenes, los objetivos, el bono… Y así fue durante muchos años. Pero llegó un día en que la compañía, que ya se había convertido en un actor importante en su sector, cambió de manos. Tras casi tres décadas de servicio, los nuevos propietarios decidieron prescindir de Antonio. Tenía cincuenta años y se había quedado sin empleo. Su mundo se hundió. Ese duro golpe fue en realidad una oportunidad para reenfocar su vida y hacer realidad lo que en sus años de juventud había aprendido en lecturas veraniegas de textos que profundizaban en el sentido de la vida y en el papel de cada uno en el mundo. Hay que transitar por la vida haciendo las cosas bien y haciendo el bien, dejando una huella positiva, de forma que cuando uno ya no esté, cuando muera, haya personas que sean un poco mejores de lo que hubieran sido si no hubieran interactuado contigo. Porque entonces el bien se propaga indefinidamente en el tiempo, puede llegar a ser enorme.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No es que hasta entonces no hubiera hecho el bien. Claro que lo hacía, con su familia, su gente, sus amistades, su entorno. Antonio es en esencia una persona buena. Pero decidió dar un paso más. Encontró un trabajo que le gustaba, también en el sector de la restauración, y que le permitía dedicar tiempo a esas otras cosas que le reportaban satisfacción y resultaban más gratificantes que engordar la cuenta corriente. Gracias a esta decisión, hoy se siente el hombre más feliz del mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se vinculó a la Fundación de la Esperanza. Su mujer, Roser, estaba realizando un apoyo de mentoría con dos jóvenes de origen sirio que llegaron a Barcelona, con su madre, desplazados por la guerra y por la devastación que sufría su ciudad, Alepo. En los encuentros se hacía hincapié en el refuerzo de la lengua, pero también en aspectos relacionales cuyo objetivo era favorecer su inclusión y que los recién llegados empezaran a tejer una red de personas de contacto en Barcelona. Roser, al ver la fragilidad –tanto física como emocional– de los hermanos, sugirió que Antonio se sumara a las sesiones. Una mentoría familiar, pensó, podría aportar elementos positivos a los jóvenes, por no decir que para ella era un respaldo contar con el apoyo de su marido. La Fundación de la Esperanza aceptó la propuesta y Antonio se apuntó encantado. La experiencia, que los llevó a compartir mesa y mantel en más de una ocasión, resultó muy positiva para unos y otros.</p>



<figure class="wp-block-pullquote has-medium-font-size"><blockquote><p><em>“Había aprobado el examen que él le había ayudado a preparar.”</em></p></blockquote></figure>



<p class="wp-block-paragraph">El contacto con esos jóvenes marcó un antes y un después. Antonio se interesó por otros proyectos de la entidad y decidió colaborar como voluntario. De eso hace ya ocho años. Hoy, tres tardes por semana, hace refuerzo de diferentes asignaturas, básicamente matemáticas y física, a alumnos de secundaria y bachillerato que están en el proyecto Aula Joven de la Fundación de la Esperanza, además de ayudar, cuando así se lo requieren, a jóvenes residentes de la Casa de Recés. Forma parte también del grupo de voluntarios y voluntarias que brindan apoyo a los estudiantes que se están preparando para las pruebas de acceso a la formación profesional y a la universidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La recompensa que recibe es muy grande y es lo que le tiene enganchado al proyecto. Si es necesario, alarga un rato más la atención a un alumno, casi hasta que se apagan las luces de la fundación, con tal que entienda el problema que tiene delante o pueda afrontar uno más. Venga, venga, cinco minutos más, otro ejercicio. Ánimo, tú puedes. Pero el conocimiento, las matemáticas, son la excusa. Tan importante es que aprendan las fórmulas del movimiento rectilíneo como que sepan que pueden ser buenos estudiantes, ayudarles a ganar autoestima, de la que normalmente andan escasos, que se convenzan de que pueden llegar a forjarse un futuro por ellos mismos en algo que les gusta y que en este camino se sientan seguros y acompañados. Se preocupa por ellos, por su bienestar, los escucha, incluso a veces fuera del aula. Antonio y todos los demás voluntarios de la entidad son referentes positivos para unos jóvenes que en muchas ocasiones carecen de ellos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Antonio siente que recibe más de lo que da. <em>Gracias </em>es la última palabra que escucha antes de abandonar el aula. Y eso también siente que lo obliga, como lo obliga el esfuerzo que hacen algunas familias para que sus hijos reciban formación. Antonio no sabe hacer las cosas mal, nunca lo ha hecho, pero trabaja con más empeño si cabe para estar a la altura de estas familias con escasos recursos, pero con mucho compromiso. No daría clases por dinero, porque la docencia no es su vocación, pero sí lo hace, y encantado, por ayudar, por dar el empujón para que estos chicos y chicas acaben construyendo su propio futuro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora entiende por qué su madre, siendo él un niño, le decía que se despidiera de sus profesores al acabar el curso. Es gratificante, da felicidad. Como feliz se sintió cuando una de sus alumnas fue a decirle en septiembre que en junio había aprobado el examen que él le había ayudado a preparar. Celebra sus éxitos como si fueran propios.</p>



<figure class="wp-block-pullquote has-medium-font-size"><blockquote><p><em>“La recompensa que recibe es muy grande y es lo que le tiene enganchado al proyecto.”<br></em></p></blockquote></figure>



<p class="wp-block-paragraph">En unos años, poco más de un lustro, Antonio se jubilará de la empresa para la que trabaja. Pondrá fin a su vida laboral remunerada. Pero en absoluto piensa jubilarse del voluntariado. No se ve sentado en un sofá leyendo el periódico o dando paseos al sol; con más tiempo, más podrá hacer. En su cabeza ya bullen nuevas ideas para facilitar el aprendizaje de las matemáticas, porque, sostiene, las matemáticas pueden enganchar a una parte de los alumnos siempre que se enseñen bien. De lo contrario, se acaban odiando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El contacto con estos jóvenes es un baño de realidad. Una realidad que le duele. Siente que no tiene capacidad para arreglar el mundo, pero sí quiere poner su grano de arena para mejorarlo, para que estos chicos y chicas tengan las oportunidades que se les han negado por nacer donde nacieron. Unas oportunidades que sí tuvo él y que, junto a Roser, también ha proporcionado a sus tres hijos. Unos chicos que saben la suerte que han tenido en la vida y que entienden perfectamente que su padre intente enseñar matemáticas y educar en valores a otros jóvenes con menos oportunidades. Tanto lo entienden y tan buen ejemplo ha sido el que han recibido en casa, con la generosidad de Roser y Antonio, que dos de ellos, los menores, ya han hecho tareas de voluntariado en la Fundación de la Esperanza. La solidaridad corre por las venas de esta familia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Antonio no quiere aplausos por lo que hace, quiere que toda la ovación se la lleven los jóvenes que, con el apoyo de la Fundación de la Esperanza, están labrándose un porvenir. Él solo da las gracias a la entidad por haberle dado la oportunidad de echar una mano y anima a más personas a ayudar, cada uno desde su experiencia y sus posibilidades.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><br>Antonio, dice haciendo gala de su sincera modestia, es solo Antonio. Pero los que le conocen saben que Antonio es mucho Antonio. Ojalá hubiera más Antonios. El mundo sería un lugar mejor.</p>



<p class="has-text-align-center has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Antonio no quiere aplausos, quiere que toda la ovación se la lleven los jóvenes que, con el apoyo de la fundación, están labrándose un porvenir.&nbsp;</strong></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Dueña, al fin, de su destino </title>
		<link>https://www.fundacioesperanca.org/es/mestressa-per-fi-del-seu-desti/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[omada]]></dc:creator>
		<pubdate>Fri, 03 May 2024 07:04:00 +0000</pubdate>
				<category><![CDATA[Històries d'Esperança]]></category>
		<guid ispermalink="false">https://www.fundacioesperanca.org/?p=7143</guid>

					<description><![CDATA[Les nits més fosques de la seva infància, quan el món que l’envoltava l’asfixiava, pujava al terrat de casa per trobar-se amb la Luna. Hi descarregava tota la ràbia i la impotència, li cridava entre llàgrimes que per què, li implorava que canviés el curs del seu destí, li pregava que els pares entressin en [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p class="has-drop-cap wp-block-paragraph"><mark style="background-color:rgba(0, 0, 0, 0)" class="has-inline-color has-luminous-vivid-amber-color">E</mark>n las noches más oscuras de su infancia, cuando el mundo que la rodeaba le resultaba asfixiante, subía a la azotea de su casa para encontrarse con la Luna. En ella descargaba toda su rabia e impotencia, a ella le gritaba entre lágrimas que por qué, le imploraba que cambiara el curso de su destino, le rogaba que sus padres entraran en razón. Era su única amiga, su confidente, su consuelo, su luz. Ahora, cuando es una mujer feliz y segura de sí misma, le pide un último favor: Préstame tu nombre para contar mi historia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Luna nació en el seno de una familia marroquí en una ciudad del sur de España bañada por el Mediterráneo. Hija única, fue una niña educada en la obediencia y en la caduca premisa del quien bien te quiere te hará llorar. No solo por el peso de la tradición y las viejas costumbres, sino también por la presión del entorno social. A Luna le estaba prohibido tener amigas, ir sola a ninguna parte. No, no y no. Y más no es por el mero hecho de ser mujer. Educación estricta y restrictiva con unos argumentos que ella, desde muy pequeña, ni entendía ni compartía. </p>



<p class="has-text-align-center has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Educación estricta con unos argumentos que ella, desde muy pequeña, ni entendía ni compartía.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Con la primera menstruación, a los once años, el padre se planteó que abandonara sus estudios. Era ya mujer, hora de buscarle marido. Por fortuna, la idea de dejar el colegio no prosperó; por desgracia, sí la de casarla. A los doce la prometieron con un hombre que le doblaba la edad. Ella no quería esa vida, quería estudiar y un futuro en el que ella tuviera la última palabra. Intentó una y otra vez, y siempre sin éxito, que sus padres la escucharan, la entendieran. Ni hablar. Lo hacían por su bien, le respondían. Mujer sola, mala vida, añadían. Tampoco el hombre con el que la habían prometido entendía sus razones, al contrario, quería casarse y cuanto antes, mejor. Ansiedad, estrés, soledad, rabia y llanto. Sin embargo, por una vez, la suerte cayó de su lado y el compromiso se rompió a los tres años, por razones que nada tenían que ver con su negativa, sino por unos malentendidos entre ambas familias. Sus padres siguieron buscando candidatos a marido, mientras ella, cada vez más desesperada, buscaba refugio en los estudios, su gran pasión, y en la luna.</p>



<figure class="wp-block-pullquote has-medium-font-size"><blockquote><p><strong><em>“A Luna le estaba prohibido tener amigas, ir sola a ninguna parte”</em></strong></p></blockquote></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Llegó la hora de dar el salto a la universidad y, para estudiar el grado en el ámbito social que quería, tenía que mudarse a otra ciudad, lejos, muy lejos, de su casa. Por fin, pensó, se liberaría del yugo paterno. Craso error. Se trasladó a Cataluña, a casa de una prima de su padre, una mujer que resultó ser más estricta, severa e incomprensiva que sus propios progenitores. El acuerdo entre ambas familias escondía, además, una cláusula de la que ella, por aquel entonces, nada sabía: se casaría con el hijo de esa familia. De la ilusión por ir a la universidad a la cruda realidad solo pasaron unos meses. La vida con esa mujer, que cada dos por tres le hablaba de su hijo, era un calvario. La presión se intensificó y a los pocos meses ya le habló de tener relaciones con el joven. Ni hablar, se dijo. Y llamó a sus padres para que tomaran cartas en el asunto. Y esa conversación fue un jarro de agua fría: sí, había un compromiso. Otra vez por qué, por qué no la escuchaban, por qué no la entendían, por qué no respetaban su voluntad. Madre e hijo intentaron forzar la situación; ella se moría de miedo. De nuevo, ataques de ansiedad y la aparición del insomnio; se quedaba despierta temiendo que el hombre, de carácter violento, entrara en su habitación. Los estudios volvieron a ser su refugio y su salvación.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><br>Craso error. Se trasladó a Cataluña, a casa de una prima de su padre, una mujer que resultó ser más estricta, severa e incomprensiva que sus propios progenitores. El acuerdo entre ambas familias escondía, además, una cláusula de la que ella, por aquel entonces, nada sabía: se casaría con el hijo de esa familia. De la ilusión por ir a la universidad a la cruda realidad solo pasaron unos meses. La vida con esa mujer, que cada dos por tres le hablaba de su hijo, era un calvario. La presión se intensificó y a los pocos meses ya le habló de tener relaciones con el joven. Ni hablar, se dijo. Y llamó a sus padres para que tomaran cartas en el asunto. Y esa conversación fue un jarro de agua fría: sí, había un compromiso. Otra vez por qué, por qué no la escuchaban, por qué no la entendían, por qué no respetaban su voluntad. Madre e hijo intentaron forzar la situación; ella se moría de miedo. De nuevo, ataques de ansiedad y la aparición del insomnio; se quedaba despierta temiendo que el hombre, de carácter violento, entrara en su habitación. Los estudios volvieron a ser su refugio y su salvación.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><br>Sus ruegos cayeron otra vez en saco roto. Se fijó fecha para la boda. Se sentía sola y perdida. No había salida. Desesperada, se sinceró con dos compañeras de clase con las que había hecho amistad. Las chicas llamaron a servicios sociales y Luna acabó encontrando el apoyo que tanto necesitaba en Valentes i Acompanyades, una asociación que trabaja para acabar con los matrimonios forzados, una grave manifestación de violencia contra las mujeres, contra su autonomía, integridad física y emocional. Contra su proyecto de vida. Una violencia invisible y compleja, pero que existe. También aquí, cerca de nosotros. En Cataluña, los Mossos d’Esquadra han intervenido unos doscientos casos en catorce años.	</p>



<p class="wp-block-paragraph">Luna abrió una nueva etapa en su vida. Por primera vez se sentía acompañada, por primera vez no era juzgada ni presionada. La dejaron decidir y respetaron sus decisiones. La entidad buscó un alojamiento para que pudiera salir de la casa. No fue un paso fácil, estaba entre la espada y la pared. Quería huir de ese destino, pero al mismo tiempo sentía que traicionaba a sus padres, que les estaba haciendo daño. Ya con el apoyo de la entidad, hizo un nuevo intento de entendimiento con ellos. Llamó por teléfono. Pero ellos seguían en sus trece, la acusaron de ser una ingrata y la sometieron a chantaje emocional. Así que, rota por dentro, más de lo que ya estaba, cogió las maletas y se fue. La primera noche fue una auténtica pesadilla. Sin poder dormir, sumida en el llanto y consumida por las dudas. Verbalmente maltratada durante toda la vida, además de haber sufrido episodios de violencia física, esa primera noche en su mente repitió una y otra vez todas las frases hirientes de su padre y su madre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Rompió toda comunicación con ellos. Dispuesta a seguir con su formación, acabó su grado universitario y se matriculó en un máster en Barcelona, lo que implicaba dejar el piso y trasladarse de ciudad. La entidad la puso en contacto con la Fundación de la Esperanza, que cuenta con la Casa de Recés, un centro residencial que acoge a mujeres jóvenes en situación de vulnerabilidad y que ofrece un acompañamiento integral con el objetivo de favorecer su recuperación emocional y promover su autonomía y empoderamiento para lograr una emancipación con garantías.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aún anímicamente débil, con la autoestima por los suelos, anulada como persona, en pleno duelo por la pérdida de sus padres y sin haber aprendido a decidir por ella misma, Luna halló en la Casa de Recés la paz y el apoyo necesarios para encontrarse a sí misma y reconstruirse. Aprendió también a pedir ayuda. La convivencia con otras jóvenes con situaciones de violencia a sus espaldas, algunas con experiencias vitales similares a la suya, también ayudó. Se apoyaban mutuamente. Allí empezó de verdad a nacer la nueva Luna.</p>



<figure class="wp-block-pullquote has-medium-font-size"><blockquote><p><em>“Luna era una mujer nueva, que se quería<br>y sabía cuidarse.”</em></p></blockquote></figure>



<p class="wp-block-paragraph">El proceso de recuperación se truncó cuando en verano fue a ver a sus padres. Es una buena hija, los echaba de menos. Y aprovechó para realizar el enésimo intento de aproximación. El viaje fue duro pero revelador: ni ellos la entendían ni ella los entendía. Volvieron los miedos y la distorsión, pero allí estuvo el equipo de la Casa de Recés para acogerla, cuidarla, apoyarla y darle las herramientas para recomponerse y seguir adelante. También la ayudaron a encontrar un empleo que le diese ingresos para poder ahorrar y preparar su salida. Al margen de toda esta ayuda, lo que la mantuvo cuerda fue saber dónde quería ir. Cuando salió de la casa, a los dos años y cuatro meses de haber entrado, Luna era una mujer nueva, que se quería y sabía cuidarse. Los traumas y las heridas estaban, y siguen estando porque no desaparecen nunca, pero sabe cómo gestionarlos. Cuando se siente vulnerable, se lo permite, porque ya sabe cómo recomponerse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ha llegado donde quería. Hoy, casi con treinta años, Luna es una mujer feliz, independiente, abierta a la vida y al amor, segura y orgullosa de sí misma, que trabaja en lo que le apasiona, que ha aprendido a llamar familia a personas que no son de su sangre, que ha hecho las paces consigo misma y con su pasado. También con sus padres. De corazón generoso, los ha perdonado. Al final ha sido más fácil que ella entendiera a su familia, aunque no comparta su manera de ver la vida, que sus padres la entendieran a ella. Es lo que hay, no dan más de sí, se repite. Sus padres no lo reconocen abiertamente, pero también están orgullosos de su niña. No se lo dicen, pero se lo hacen sentir. Han retomado un cierto contacto y ahora es ella quien pone los límites. Hasta se permite viajar para visitarlos unos pocos días.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><br>Hoy da las gracias a su yo niña, a esa pequeña que desde la azotea de su casa hablaba con la Luna, por haber sido fuerte, resiliente y valiente. Por haber seguido adelante, por no haber cejado en su empeño. Gracias a esa niña hoy está donde está y cuenta su historia para que otras niñas y jóvenes no tengan que pasar por lo mismo. Los matrimonios forzosos existen, son una realidad invisible, una violencia soterrada que, incluso a veces, tienen un fatal desenlace, como el caso de las jóvenes hermanas de Terrassa asesinadas la primavera de 2021 en Pakistán. Pero hay salida, se puede alterar el curso del destino que han escrito los mayores. Es un camino duro, pero merece la pena recorrerlo. Luna da fe de ello.</p>



<p class="has-text-align-center has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Luna halló en la Casa de Recés la paz y el apoyo necesarios para encontrarse a sí misma y reconstruirse. Aprendió también a pedir ayuda</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
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		<title>Un océano de por medio</title>
		<link>https://www.fundacioesperanca.org/es/amb-un-ocea-enmig/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[omada]]></dc:creator>
		<pubdate>Thu, 04 Apr 2024 07:56:08 +0000</pubdate>
				<category><![CDATA[Històries d'Esperança]]></category>
		<guid ispermalink="false">https://www.fundacioesperanca.org/?p=7114</guid>

					<description><![CDATA[Mil il·lusions en una maleta. Tres quaderns en blanc a l’altra. Molts interrogants als quals només el futur pot donar resposta en tots dos equipatges, els de dues dones, la Martha i la Joselyn, que en etapes diferents de les seves vides i per raons diferents, van iniciar processos migratoris. La dècada en què un [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p class="has-drop-cap wp-block-paragraph"><mark style="background-color:rgba(0, 0, 0, 0)" class="has-inline-color has-luminous-vivid-amber-color">M</mark>il ilusiones en una maleta. Tres cuadernos en blanco en otra. Muchos interrogantes a los que solo el futuro puede dar respuesta en ambos equipajes, los de dos mujeres, Martha y Joselyn, que en etapas distintas de sus vidas y por razones diferentes, iniciaron sendos procesos migratorios. La década en que un océano las separó pasa factura, pero también el tiempo pondrá las cosas en su sitio. Porque madre e hija se quieren y eso basta para curar heridas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Separada y con una niña de cinco años, Martha trabajaba y estudiaba Contabilidad Pública en la universidad, en Nicaragua. Pero intuía que en el mundo había algo mejor de lo que le ofrecía su país, que la vida le tenía reservado otro lugar en el que crecer. Para ella y para Joselyn. Con veintisiete años cogió su maleta cargada de ilusiones y, en 2010, llegó a Barcelona. Una amiga le había hablado de que allí había trabajo y se ganaba bien. Separarse de Joselyn fue doloroso, pero la dejó en las mejores manos, las de su abuela paterna. Al fin y al cabo, solo pensaba estar fuera un par de años, trabajar y ahorrar para volver a su país, reformar su casa, pequeña y humilde, e invertir en el futuro de su hija. Pero esos dos años se fueron alargando y, aunque alguna vez pensó en regresar a Nicaragua, la opción fue perdiendo peso en favor de otra que auguraba mejor: reagrupar a su hija en Barcelona. Los planes de Martha toparon con la negativa del padre de la niña.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para Martha, las opciones de encontrar empleo, con estudios, pero sin papeles, eran escasas. Sí lo encontró como empleada del hogar. Cinco años estuvo como interna en una casa en la que se ocupaba de todas las tareas domésticas, además del cuidado de los hijos de la familia. Y contando los días que quedaban para poder llamar a casa y hablar con su pequeña. Hablar es un decir; con lágrimas se decían mucho más que con palabras. Cuánto se echaban de menos. Joselyn era demasiado pequeña para entender las razones que llevaron a su madre a emigrar, pero la ausencia le dolía y, de un modo u otro, se lo hacía saber. Ponía barreras. A veces, aún hoy, las sigue poniendo.</p>



<figure class="wp-block-pullquote has-medium-font-size"><blockquote><p><strong><em>“Con lágrimas se decían mucho más que con palabras”</em></strong></p></blockquote></figure>



<p class="wp-block-paragraph">El pequeño Jared nació en marzo de 2016, solo unos días después de que su hermana, a miles de kilómetros, soplara las velas de su undécimo cumpleaños. La situación económica de la familia, con Martha en el paro, pero sin subsidio, empeoró. El único ingreso era el sueldo de su pareja. Vista la situación, la trabajadora social del CAP Drassanes puso en contacto a la joven madre con la Fundación de la Esperanza, que, de inmediato, la incluyó en el programa maternoinfantil y le prestó el apoyo de CaixaProinfancia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La participación en este programa le dio un tiempo de respiro para centrarse en la crianza de Jared mientras afrontaba otras decisiones. Los objetivos iniciales parecían cada vez más lejanos, y reagrupar a Joselyn se le antojaba casi imposible. Poco o nada podía resolver desde la distancia. Pensó que era momento de volver a Nicaragua, ya vería si por un tiempo o para siempre. Según estuviera allí la situación. Cogió a su bebé, un año tenía Jared, y regresó a Nicaragua. El reencuentro entre madre e hija no fue como ambas esperaban. Jared, sin quererlo, se convirtió en una pequeña barrera en su relación. Reclamaba tanto a su madre como necesidad tenía Joselyn de estar con ella. Celos. Los dos querían a su mamá en exclusiva. La situación socioeconómica en el país tampoco había mejorado lo suficiente para que Martha planteara quedarse. El padre de Joselyn seguía oponiéndose a que la niña, que entraba en la adolescencia, se fuera con su madre. Martha regresó a Barcelona, pero se prometió a sí misma que lograría reagrupar a Joselyn, que la convencería a ella y a su progenitor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vuelta a Barcelona y vuelta a la Fundación de la Esperanza para activar alternativas de empleo. Con el apoyo de Incorpora accedió a un contrato de trabajo en un restaurante de Ciutat Vella. Fue alternando periodos de trabajo y formación. Cuando Jared empezó la guardería, Martha realizó diferentes cursos. Se formó como cajera y reponedora, hizo prácticas en el Carrefour y se incorporó a esta empresa para hacer sustituciones y como personal de refuerzo. Tras el confinamiento, volvió a trabajar en el mismo restaurante.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El plan de reagrupar a Joselyn seguía bullendo en su mente. Tenía que conseguirlo sí o sí. Y la ocasión se presentó durante la fiesta de celebración de los quince años de la niña, que Martha no se quiso perder. Viajó de nuevo a Nicaragua con Jared. Guarda como oro en paño las fotos del festejo. Joselyn, radiante, con Jared colocándole bien la cola de su imponente vestido largo. Dos hermanos criados en la distancia, que no se reconocen como tal. Martha sufre por ello, pero sabe que Joselyn, a medida que madure, acabará abrazando a Jared como lo que es, su hermano, un pedacito de ella misma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Martha sintió esos días que el deseo que hasta entonces solo había sido de ella, traer a su hija a Barcelona, Joselyn empezaba a hacerlo suyo. Ya estaba preparada para dar el paso, para irse con ella. Y justamente esa era la vía para convencer al padre, que fuera Joselyn quien se lo pidiera. Lo hizo y aceptó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pese a quererlo, la decisión provocó un desgarro en el corazón de Joselyn. Dejar atrás la vida que se conoce no es fácil, duele. Las heridas todavía no han cicatrizado. Pero las razones para hacerlo, diferentes a las que una década antes habían empujado a su madre a emigrar, eran poderosas. Ella, que es una joven aplicada, quería estudiar y Barcelona le daba más oportunidades. De pocas palabras, su subconsciente habló por ella. Cuando tocó preparar la maleta para el viaje, solo puso tres cuadernos. Ni un pantalón. Ni una sudadera. Ni un pijama. Nada. Solo tres cuadernos por estrenar y unos cuantos lapiceros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con este equipaje, y otro que le preparó Martha, Joselyn llegó a Barcelona a principios de 2020, justo antes de que estallara la pandemia. Dio tiempo a que la Fundación de la Esperanza la incorporara al programa CaixaProinfancia, pero poco más. Ni siquiera pudo empezar la escuela. Aprovechó las semanas de confinamiento para aprender piano. En cuanto las restricciones por el coronavirus se empezaron a relajar, Joselyn se incorporó a diferentes actividades de la fundación, como el casal de verano, e incluso realizó un año más tarde el curso de premonitora de ocio. Necesitaba relacionarse con otros jóvenes de su edad y acompañamiento para afrontar su nueva realidad. En la fundación, esa joven tímida e introvertida encontró lo uno y lo otro.</p>



<figure class="wp-block-pullquote has-medium-font-size"><blockquote><p><strong><em>“Mil ilusiones en una maleta. Tres cuadernos en blanco en otra.” </em>	</strong></p></blockquote></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Como buena estudiante que es, aprendió rápido catalán y superó la ESO y el bachillerato sin problemas. En este proceso estuvo a su lado la Fundación de la Esperanza, poniendo a su alcance todos los recursos, primero con la participación en el Centro Abierto y después en el Aula Joven para preparar las pruebas de acceso a la universidad. La fundación sabía que los iba a aprovechar y que cumpliría su meta de estudiar una carrera universitaria. Sabe que los estudios son su mejor activo cara al futuro, esté aquí o en su añorada Nicaragua, y se deja ayudar para llegar a su objetivo. Sus buenas notas dan fe de ello.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El proceso de adaptación no ha sido sencillo. No puede verbalizarlo, pero sus silencios son muy elocuentes. También sus lágrimas. Siente nostalgia. Siente que aquí no encaja. Tiene amigos, pero echa de menos a los que dejó en Nicaragua. No acaba de digerir el proceso migratorio de su madre. Martha, amorosa, espera paciente esta comprensión; sabe que lo entenderá cuando Joselyn tome sus propias decisiones y construya su proyecto de vida. Como lo hizo ella. E igual que Martha, Joselyn quiere ir a diferentes países a experimentar cosas nuevas. Reino Unido y Alemania están entre sus destinos favoritos. Martha acepta y respeta sus deseos. Porque así es el amor que las une. Inmenso.</p>



<p class="has-text-align-center has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Joselyn no acaba de digerir el proceso migratorio de su madre. Martha, amorosa, espera paciente esta comprensión.</strong></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>La fortaleza nacida de la adversidad</title>
		<link>https://www.fundacioesperanca.org/es/la-fortalesa-nascuda-de-ladversitat/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[omada]]></dc:creator>
		<pubdate>Tue, 05 Mar 2024 09:18:45 +0000</pubdate>
				<category><![CDATA[Històries d'Esperança]]></category>
		<category><![CDATA[Testimoni]]></category>
		<guid ispermalink="false">https://www.fundacioesperanca.org/?p=7032</guid>

					<description><![CDATA[Si la malaltia li va marcar el passat, la salut li està guiant el futur. Amb molt d’esforç, unes quantes ensopegades al camí i molta ajuda i acompanyament de la Fundació de l’Esperança, la Dhay està teixint els fils del seu avenir. Ha completat la formació d’auxiliar d’infermeria, treballa en una clínica de Barcelona i [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p class="has-drop-cap wp-block-paragraph"><mark style="background-color:rgba(0, 0, 0, 0)" class="has-inline-color has-luminous-vivid-amber-color">S</mark>i la enfermedad marcó su pasado, la salud está guiando su futuro. Con mucho esfuerzo, unos cuantos tropiezos en el camino y mucha ayuda y acompañamiento de la Fundación de la Esperanza, Dhay está tejiendo los mimbres de su porvenir. Ha completado su formación de auxiliar de enfermería, trabaja en una clínica de Barcelona y sueña con cursar más pronto que tarde el grado universitario en Psicología. Su reto es haber conseguido el título dentro de cinco años, además de haberse sacado el carné de conducir y tener un coche y una casa. A Dhay no le faltan sueños, y si la vida le rompe uno, se construye otro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La existencia de Dhay no ha sido fácil. No lo ha sido desde el momento de su nacimiento. Hija primogénita de una familia iraquí residente en Bagdad, vino al mundo con una enfermedad congénita. A Dhay la operaron en su país, pero todo lo que podía salir mal salió mal. En 2006, gracias a la iniciativa de un medio de comunicación, cuarenta niños iraquíes con diferentes patologías fueron trasladados a España para ser tratados de sus dolencias. Dhay, que por aquel entonces ya tenía seis años, estaba en el grupo.</p>



<p class="has-text-align-center has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Ejercer de interlocutora y traductora de la familia la hizo crecer antes de tiempo.&nbsp;</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Aterrizó en Barcelona de la mano de su padre, Ali. Su madre, Wijdan, y sus dos hermanos menores se quedaron en Bagdad. El Hospital de la Vall d’Hebron fue su casa durante tres meses, postrada en una cama tras una seria intervención quirúrgica, con la sola compañía de su padre. Lo que Dhay echaba de menos a su madre no se explica con palabras. Tampoco el pánico que la atenazaba cada vez que un médico o una enfermera entraba en su habitación. Sus grandes ojos negros, asustados, gritaban miedo. Llegó a odiar las batas blancas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A medida que iban finalizando sus tratamientos, los niños de la expedición volvían a Irak. Dhay se quedó en Barcelona porque los médicos advirtieron que si la pequeña regresaba a su país quedaría comprometida su supervivencia. Todavía hoy necesita supervisión y tratamientos que requieren ingresos hospitalarios anuales y seguimiento médico. Ali y Dhay se quedaron, con el coste económico y emocional que eso tenía para la familia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dhay empezó la escuela. Aprendió sus primeras palabras en catalán y en castellano –en todo el tiempo que estuvo en el hospital no dijo ni mu, solo hablaba en árabe con su padre–, y poco a poco fue superando el choque su nueva realidad. Pero a la niña le faltaba uno de los pilares de su vida: su madre. Desconsuelo y miedo. Temía no verla nunca más. Las llamadas semanales desde el locutorio eran el único contacto entre madre e hija. Hasta que en 2012 esos largos años de ausencia llegaron a su fin. Wijdan pudo reunirse en Barcelona con su marido y su pequeña. Los dos hermanos permanecieron en Bagdad a cargo de los abuelos. No fue hasta 2019, y casi por una carambola del destino, que los dos jóvenes, después de muchos intentos frustrados, pudieron viajar a España. La familia, que creció en 2013 con el nacimiento de Zain, está por fin junta.</p>



<figure class="wp-block-pullquote has-medium-font-size"><blockquote><p><em>"Sus ganas de curarse fueron fraguando el sueño de ser médico.”</em></p></blockquote></figure>



<p class="wp-block-paragraph">En esos primeros años de escuela se fue fraguando el sueño de Dhay de ser médico. Sus ganas de curarse, de tener los conocimientos suficientes para tratar su enfermedad, eran superiores al miedo que le causaban las batas blancas. Sin embargo, los estudios no se le daban bien y no por falta de capacidad. La secundaria no fue fácil, era una adolescente impulsiva y un tanto peleona y no le resultó sencillo adaptarse a un entorno que se lo puso complicado. Sufrió acoso por su enfermedad y también por llevar el hiyab, el velo islámico. Tuvo problemas tanto con alumnos como con profesores del instituto. Y entre suspensos y repeticiones de curso abandonó su sueño de ser médico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero ahí estuvo la Fundación de la Esperanza, para ayudarla y conseguir que no arrojara la toalla, que simplemente reorientara sus sueños. La familia había llegado a la entidad en 2014, derivada por el Servicio de Inserción Social (SIS). Wijdan y el pequeño Zain entraron en el programa maternoinfantil. Tanto el bebé como la propia Dhay contaron de inmediato con el apoyo del programa CaixaProinfancia; para la madre se activaron recursos para que aprendiera castellano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante mucho tiempo, Dhay tuvo que ejercer de interlocutora y traductora de la familia, un papel que no le correspondía por edad, que la hizo crecer antes de tiempo. Como otros niños de familias migradas, tuvo que representar a sus padres y participar en decisiones con la presión añadida de equivocarse. A Dhay, por ejemplo, le tocó traducir procesos importantes para la vida de la familia. Ella, que solo quería jugar y salir con sus amigas, tuvo que lidiar con problemas de adultos. En el caso de la Fundación de la Esperanza, la colaboración de Dhay en esa función de traductora fue clave para desarrollar la intervención y construir el vínculo con la familia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Viendo las dificultades que tenía para sacar adelante sus estudios, la fundación propuso a la joven participar en el Centro Abierto para recibir refuerzo escolar. Aunque su asistencia, por motivos familiares, fue en ocasiones irregular, Dhay mejoró su rendimiento y aprendió una valiosa lección: la importancia de continuar con sus estudios, de seguir formándose y construirse su propio proyecto de vida. Tanto se lo dijeron, y se lo siguen diciendo, que Dhay ya no entiende su futuro sin formación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Fundación de la Esperanza la ha acompañado en todo su itinerario formativo. Entre estancias en el hospital y situaciones familiares complejas, se preparó para entrar en un ciclo superior de auxiliar de enfermería. Y ahí contó con la ayuda de los voluntarios, que hicieron buena la frase de Benjamin Franklin: “Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo.” De un cero a un ocho en matemáticas. Una inesperada traba burocrática impidió que pudiera presentarse a los exámenes finales del ciclo. Sin embargo, viendo su implicación en su itinerario y las ganas de volver a estudiar, la fundación la animó en 2021 a matricularse en un grado medio en Técnica de Cuidados Auxiliares de Enfermería y, además, lo pudo hacer con una beca de la Fundación Nous Cims (becas ZING). La joven finalizó los estudios, con sus correspondientes prácticas en el Hospital de la Vall d’Hebron. Al mes fue contratada en una clínica de Barcelona y planea seguir estudiando un grado superior.</p>



<figure class="wp-block-pullquote has-medium-font-size"><blockquote><p></p><cite><em>“A Dhay no le faltan sueños, y si la vida le rompe uno, se construye otro.”</em></cite></blockquote></figure>



<p class="wp-block-paragraph">El acompañamiento no solo ha sido formativo. También ha sido laboral. Entró en el programa Incorpora Joven y realizó formación como monitora de tiempo libre. Las prácticas las hizo en la propia fundación, en el campamento de verano del año 2021, y siguió un mes más como voluntaria. Se encargó de realizar un taller de henna, que entusiasmó tanto a los alumnos como a las trabajadoras de la entidad, que hacían cola para que la joven les tatuara las manos con ese tinte natural color rojizo. Disfrutó mucho de la experiencia, hizo muy buenas migas con sus compañeras voluntarias y, sobre todo, se convirtió en un referente positivo para los niños del casal. Eso sí, cada día llegaba a su casa agotada. Exhausta pero feliz</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con una sonrisa casi permanente, Dhay habla de sus planes. Se acaba de comprometer con un joven iraquí que vive en Barcelona, pero no tiene prisa por casarse, quiere seguir estudiando y ganar en autonomía personal. Aunque su pareja lo entiende y lo respeta, Dhay sigue lidiando en muchos ámbitos con lo que desea para su futuro y con los tradicionales cánones de su país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero esas piedras no serán las que frenen sus planes. Muchas y mayores son las adversidades que ha tenido que superar a lo largo de su vida. Quiere ser psicóloga. Ese reto tampoco se le resistirá.</p>



<p class="has-text-align-center has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Aprendió la importancia de continuar con sus estudios, de seguir formándose y construirse su propio proyecto de vida.</strong></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Tres sillas y una nueva vida por delante </title>
		<link>https://www.fundacioesperanca.org/es/tres-sillas-una-nueva-vida-por-delante/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[omada]]></dc:creator>
		<pubdate>Tue, 23 Jan 2024 15:46:29 +0000</pubdate>
				<category><![CDATA[Històries d'Esperança]]></category>
		<category><![CDATA[Testimoni]]></category>
		<guid ispermalink="false">https://www.fundacioesperanca.org/?p=6281</guid>

					<description><![CDATA[Si cal plorar, es plora. Però t’eixugues les llàgrimes i cap endavant. Ni un pas enrere. Així ha estat com en Donis i la Carolina, una jove parella veneçolana, s’han llaurat un nou futur a Barcelona al costat dels seus dos fills. Darrere hi ha molt esforç, molt treball, molta fortalesa i molta ajuda de [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p class="has-drop-cap wp-block-paragraph"><mark style="background-color:rgba(0, 0, 0, 0)" class="has-inline-color has-luminous-vivid-amber-color"><code>S</code></mark><mark style="background-color:rgba(0, 0, 0, 0)" class="has-inline-color has-black-color">i hay que llorar, se llora. Pero te secas las lágrimas y para adelante. Ni un paso atrás. Así ha sido cómo Donis y Carolina, una joven pareja venezolana, se han labrado un nuevo futuro en Barcelona junto con sus dos hijos. Detrás hay mucho esfuerzo, mucho trabajo, mucha fortaleza y mucha ayuda de la Fundación de la Esperanza y de otras entidades sociales de la ciudad que tejieron una sólida red de solidaridad. Pese a los malos momentos, no se arrepienten de la decisión tomada. Lo volverían a hacer. Una y mil veces. Su país, con un galopante deterioro de la situación socioeconómica, no les ofrecía un mañana. Ahora lo tienen y lo llenan de sueños por cumplir.</mark></p>



<p class="wp-block-paragraph">Ingeniero él y licenciada en Educación ella, Donis y Carolina vivían bien en Venezuela, en San Félix, a orillas del Orinoco. Tenían una vida estable y acomodada. Hasta que la economía del país entró en barrena. Tuvieron que desprenderse de propiedades para vivir, cambiar a los niños a una escuela pública y sortear como podían los cortes de servicios básicos, cuando no de agua, de luz, y el desabastecimiento de alimentos y problemas del transporte público. Donis pasó de cobrar un sueldo mensual equivalente a 1.300 euros a solo ¡cuarenta! El litro de leche, cuando había, escaló hasta los diez euros. Imposible vivir. Imposible seguir en Venezuela.</p>



<p class="has-text-align-center has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Le ofrecieron un contrato de media jornada. Por fin, podían empezar a hacer planes.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Donis fue la avanzadilla de la familia. Su madre y su padrastro ya vivían en Barcelona desde hacía años. Más de una vez le ofrecieron ayuda para dar el salto. ¿A qué esperas? Y, vista la situación, no esperó más. En junio de 2019 llegó a una ciudad que ya conocía como turista, pero esta vez lo hizo con pasaje solo de ida. Mientras Carolina lidiaba con las penurias de su tierra, Donis empezó a buscar trabajo. Sin papeles, misión casi imposible. Pero él quería trabajar, no importaba de qué, ni cómo, ni dónde. Necesitaba dinero para traerse a su familia. Ya fuera de albañil o recolectando verduras y hortalizas en el Penedès, Donis siempre conseguía un jornal. Daba igual si eran cuarenta o cincuenta euros. Trabajar, ahorrar, trabajar, ahorrar. Y al poco reunió el dinero suficiente para uno de los pasajes; su padrastro le prestó el resto para que Carolina y los pequeños Paul y Donis, de once y seis años, volaran a Barcelona. Una deuda que llegó a alcanzar los cuatro mil euros y que Donis devuelve puntual a razón de doscientos euros al mes.</p>



<figure class="wp-block-pullquote has-medium-font-size"><blockquote><p><em>“Iban a empezar una nueva vida. De cero. Pero juntos.”</em></p></blockquote></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Carolina pidió a Donis tres meses para poder vender el coche y algunos enseres y reunir un poco de dinero para empezar la nueva vida en Barcelona. La cama, la lavadora, la secadora... Cada objeto que salía por la puerta del apartamento dejaba un vacío en la casa y en el corazón de Carolina. Pero si hay que vender por una buena causa, se vende. Y punto. Así de práctica es la venezolana. Para los niños tampoco fue fácil ese proceso. Y a cada interrogante que Carolina resolvía a sus hijos, a ella se le abrían dos. Llegó el 22 de octubre, fecha del vuelo a Barcelona. Tras más de doce horas en coche desde San Félix hasta Caracas, acompañada por su padre y con un niño en cada mano, Carolina se topó de bruces con un escollo legal. La Unión Europa no reconocía la prórroga que le habían expedido a su pasaporte caducado. No podía viajar. Se quedó en tierra con su mochila, sus niños y la incertidumbre de cómo resolver el contratiempo. Por insistente, logró un nuevo pasaporte unos días después, pero el trámite, con la consiguiente espera en Caracas y el cambio de billetes de avión, se llevó por delante el dinero que había conseguido vendiendo sus pertenencias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 20 de noviembre los tres aterrizaron en Barcelona. Donis les esperaba contento. Iban a empezar una nueva vida. De cero. Pero juntos. Los cuatro. Poco se imaginaban entonces lo mucho que les quedaba por pasar y que una pandemia global acechaba a la vuelta de la esquina. Ni ellos ni nadie. Donis seguía trabajando de lo que podía, de repartidor, haciendo mudanzas, y sacando un jornal que, como buen administrador que es, repartía en tres partes. Si sacaba cuarenta euros, diez se los daba a su madre para los gastos de la casa, otros diez para ellos y veinte directos a la hucha. Los niños fueron escolarizados de inmediato en la Escola Mediterrània, de la Barceloneta. Conocida su situación, allí les tendieron los primeros puentes de ayuda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El Equipo de Asesoramiento y Orientación Psicopedagógica (EAP) del centro escolar puso a la familia en contacto con la Fundación de la Esperanza. Tuvieron una primera reunión presencial un mes antes del confinamiento para conocerse y conocer sus necesidades y potencialidades. La familia ya era atendida por el Servicio de Atención a Inmigrantes, Emigrantes y Refugiados (SAIER) del Ayuntamiento de Barcelona. Pero Donis no quería la prestación y la casa que ofrece el plan de asilo; él quería trabajar, trabajar y trabajar y sacar a su familia adelante por sus propios medios. Y con esas llegó el cerrojazo del coronavirus. Menos posibilidades de trabajo y encerrados en una casa con otras cinco personas. La Fundación de la Esperanza y la Cruz Roja activaron un plan conjunto de apoyo a la familia dada su situación de fragilidad. Un trabajo en red. Tarjetas CaixaProinfancia para los niños, acceso al banco de alimentos y mucho asesoramiento sobre recursos y acompañamiento por parte de la fundación para mantener a flote su resiliencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La convivencia en la casa se fue deteriorando. Así que, un mes después de decretar el estado de alarma, se mudaron a una habitación minúscula, con solo una cama individual en la que dormían los dos niños –para los padres, un colchón en el suelo–, por la que pagaban 450 euros mensuales. Mejor eso que seguir en la vivienda familiar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con la relajación de las medidas anti-COVID, la Fundación de la Esperanza empezó a plantear alternativas de formación a la pareja para lograr su inserción laboral una vez que tuvieran regularizada su situación en España. A Carolina le ofrecieron participar en el curso de Auxiliar de Geriatría en Atención Domiciliaria en colaboración con Sant Joan de Déu, dentro del programa Incorpora. Sí, claro, adelante. Lo que sea. Acabó la formación y casi al mismo tiempo que obtenía su NIE, le ofrecieron un contrato de media jornada. Por fin, un contrato en la familia. Podían empezar a hacer planes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El contrato laboral de Donis tuvo que esperar. No obtuvo su permiso de trabajo hasta marzo de 2021. Con Donis se inició la intermediación laboral, valorando posibilidades de formación, pero vistos sus estudios y experiencia en Venezuela, se optó por la gestión directa de ofertas de empleo en un puesto que tuviera un perfil de mantenimiento. Le ayudaron con el currículo y con las ofertas de empleo, que llegaron más pronto que tarde. Entró en cuatro procesos de selección. En uno de ellos, superó la primera entrevista, la segunda, la tercera y en la cuarta escuchó unas palabras que le supieron a gloria: “Bienvenido, estás contratado.” ¿A quién llamó primero para darle la noticia? ¿A Carolina? No. A la técnica de la Fundación de la Esperanza que en todo este tiempo no le soltó la mano. Donis trabaja en el área de mantenimiento de una empresa de Castellbisbal, con un buen sueldo y con posibilidades de promoción interna.</p>



<p class="has-text-align-center has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>Una nueva formación le permitió dar
 un salto laboral.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Con dos contratos y todo lo que habían podido ahorrar, se plantearon salir de la minúscula habitación y alquilar un piso para ellos. Se mudaron el 1 de enero de 2022, solo un día antes de que Paul, el mayor, cumpliera los catorce años. Tres sillas por todo mobiliario. Volvieron a dormir en el suelo, pero esta vez lo hicieron sobre un colchón de felicidad. La nueva vida había dado comienzo. Carolina mejoró su empleabilidad obteniendo también, en una formación de Sant Joan de Déu, el certificado de profesionalidad de gerocultora, lo que le permitió dar un salto laboral: ahora trabaja en una residencia y con contrato a jornada completa. Fue su año, crecieron como personas, como familia, y el matrimonio se reencontró en una nueva dimensión más equilibrada. Los niños, que en todo este tiempo contaron con ayuda de la fundación, ya sea para refuerzo escolar o para participar en las actividades de verano, están felices. El mayor, no obstante, extraña Venezuela; un pedacito de su corazón sigue allí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Fundación de la Esperanza fue su guía y su apoyo en los momentos más difíciles. Ahora ya vuelan solos y apuntan a nuevos horizontes. Donis quiere comprar una casa y aspira a un trabajo por proyectos que le permita viajar; Carolina sueña con montar un negocio, quizás de arepas, de las que en la fundación hablan maravillas de lo sabrosas que las cocina. Y volverán a Venezuela, claro, pero de vacaciones, como turistas, a disfrutar, a ver a la familia y a los amigos que dejaron atrás. Pero regresarán a Barcelona, su casa.</p>



<figure class="wp-block-pullquote has-medium-font-size"><blockquote><p><em>«Si cal plorar, es plora. Però t’eixugues les llàgrimes i cap endavant. Ni un pas enrere.»</em></p></blockquote></figure>]]></content:encoded>
					
		
		
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