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Trabajadores empobrecidos

abril 2019

Fundación de la Esperanza

Tener trabajo en la actualidad ya no es necesariamente sinónimo de disfrutar de una situación económica cómoda, ni siquiera de llegar a final de mes. En los últimos años la pobreza se ha socializado: ya no es necesario ser de un colectivo de los que tradicionalmente se consideraban como “vulnerables” para estar en riesgo de exclusión. Las personas pobres, sobre todo en las ciudades, han dejado de ser exclusivamente aquellas que no tienen un techo donde dormir o sin un trabajo.

Los datos demuestran que el 33 % de los 10 millones de personas que están en riesgo de pobreza y exclusión social en España tienen trabajo, un trabajo con un salario tan bajo o trabajando tan pocas horas, que pone a los trabajadores en riesgo de desesperación para pagar las facturas a final de mes. El informe presentado por la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social, también revela que solo el 26 % de las personas mayores de 15 años está en situación de desocupación laboral, el resto tiene un empleo.

Hace años, la antesala para entrar en situación de pobreza era la pérdida de trabajo. Ahora esto ha cambiado y ya no hace falta perderlo. Los salarios bajos, la precariedad laboral y la temporalidad han causado estragos, hasta tal punto que los expertos hablan del surgimiento de una nueva clase social: los trabajadores empobrecidos.

El servicio de Inserción Laboral de la Fundación de la Esperanza conoce bien esta nueva realidad. En los últimos años han asistido a personas de 55 años con un empleo y que se han visto obligados a volver a vivir en casa de sus padres por la imposibilidad de pagar un alquiler y unos gastos del hogar. Otras personas que solo trabajan cinco horas al día con un salario de 800 euros mensuales y tienen que recorrer a ayudas del sector social para cubrir la comida o el alquiler. O familias con un hijo menor en que solo uno de los miembros cobra un salario de 1.200 euros, completamente insuficiente para sostener a una familia de tres personas con dignidad según el alquiler del piso.

La temporalidad de los trabajos es uno de los mayores problemas de los trabajadores empobrecidos, explica Clàudia Bolart, responsable del servicio “+45 y más” que se encarga de dar herramientas para devolver al mundo laboral a personas de más de 45 años con estudios superiores. Con estas edades “nos encontramos con muchas personas que entran y salen del mercado laboral, están poco tiempo sin trabajar pero con una constante inestabilidad”. Esto “impide seguir con el día a día: por ejemplo se hace muy difícil poder entrar a vivir en un piso de alquiler”, explica.

La temporalidad y los bajos salarios son los principales problemas, pero hay más

Bolart conoce muy bien el mercado laboral y apunta que “en general cuesta mucho encontrar contratos de 40 horas, muchos son solo de 25 o 30 horas laborales”. Ello implica que los trabajadores tengan que buscar un segundo empleo por las tardes o en los fines de semana. En el mismo informe citado, también se señala que el 22 % de los trabajadores ganan menos de 12.020 euros brutos anuales y el 13 % no llega a 6.010 euros anuales.

La responsable de Inserción Laboral también confirma que el perfil de las personas que necesitan ayuda ha cambiado. Desde la crisis económica “nos han llamado a la puerta buscando trabajo o ayuda social personas de clase media, con formación superior universitaria que siempre habían trabajado, o gente joven que todavía no ha encontrado la oportunidad de encontrar un trabajo”.

Más allá del aspecto económico, la precariedad del mercado tiene otra cara que afecta a las personas: “Tras una exclusión financiera con la consecuencia de no poder pagar el alquiler o la comida, si el problema se perpetúa puede terminar convirtiéndose en exclusión social, lo que significa que afecta en todos los aspectos de la vida”.

De las situaciones de pobreza no siempre es fácil salir, incluso pasada la edad de trabajar. “Hablamos de los trabajadores empobrecidos pero en los últimos años nos encontramos con más jubilados empobrecidos” explica Bolart. Son personas “que no han cotizado en los últimos años de vida laboral y pasados los 67 años se ven obligados a coger trabajos como cuidadores o conserjes de edificios para poder sobrevivir a final de mes”.

Los datos constatan que la brecha de desigualdad va en aumento “creando dos mundos que pueden parecer muy diferentes pero que conviven en la misma ciudad”, explica Clàudia. “Hay mucho trabajo por hacer”, dice, “y nuestra tarea es aportar a las personas las herramientas que podamos, tratarlas una a una y con dignidad”. Desde la Fundación de la Esperanza han adaptado el trabajo a las nuevas caras de la pobreza, acompañando a las personas para formarlas, buscar un nuevo trabajo o ayudándolas en proyectos de emprendimiento y, sobretodo, escuchándolas.

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