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Mentoría “en familias”

marzo 2021

¿Qué pasa cuando ponemos en contacto a dos mujeres desconocidas? Una sin red de relación y en situación de vulnerabilidad y la otra dispuesta a ayudarla en la inclusión social y en la toma de decisiones. Antes de la irrupción de la pandemia, la Fundación de la Esperanza formó a un grupo de diez mentoras, voluntarias de la Fundación, entre 40 y 60 años, para poder poner en marcha un proyecto piloto de acompañamiento en la inclusión social de mujeres sin un entorno de apoyo y con dificultades para relacionarse. Ni la llegada de la Covid-19 ha podido parar una iniciativa que durante el confinamiento y con la vuelta a la “nueva normalidad” ha sido todavía más necesaria. Mujeres que, entre otras, han necesitado ayuda para gestionar la escolarización de sus hijos o conocer los recursos culturales y de ocio de la ciudad para llevar los pequeños. “Ahora hay que hacer balance”, dice Berta, del servicio de Atención Social. Pero experiencias como la de Ruth, voluntaria y mentora del proyecto, y Mery, cabeza de familia monomarental, nos hacen ver que hay beneficios y cambios significativos que demuestran el valor de la persistencia.

Emparejar

 

Mery, madre sola de un niño de cuatro años, trabaja en una finca en la zona alta de Barcelona. Ella ya había participado en los grupos de apoyo del materno infantil de los Servicios Educativos de la Fundación, cuando Álex era un bebé. Pese a que hace más de 30 años que vive en Cataluña, Mery sentía la necesidad de integrarse mejor y crear red en la ciudad. Además, se sentía sola ante las dudas que genera escolarizar a un hijo, más si cabe en plena pandemia, sin poder visitar los centros y sin conocer la burocracia necesaria para realizar los trámites (online). Ruth, voluntaria de la Fundación de la Esperanza, también es madre. Trabaja en la Fundación ”la Caixa” y reside cerca del trabajo de Mery, de modo que conoce bien la zona y sus escuelas.
Por este motivo y otros, como cuestiones más personales o de carácter práctico y con el conocimiento de las usuarias y de las voluntarias, Berta y Montse, del servicio de Atención Social, se encargan de emparejar a mentoras y mentorizadas.

Motivaciones

 

A partir de aquí se propone un programa de trabajo con unos objetivos a conseguir, en principio en seis meses, un plazo que en esta ocasión se ha alargado a un año por la pandemia. “Pese a que hace mucho tiempo que vivo en Barcelona, siempre me he relacionado con gente del mi país de origen” afirma Mery. “Ahora tengo un hijo nacido aquí y deseo que se sienta cómodo y yo no tengo una estructura familiar cercana en la que apoyarme” dice, “es por ello que me apetece mucho crear vínculos y el entorno escolar es una oportunidad”. Y es que “si no hubiera sido por Ruth, probablemente hubiera escolarizado a mi hijo en el lugar equivocado y no me hubiese atrevido a relacionarme o a ir a ninguna fiesta de aniversario de niños de la escuela en las que he conocido a gente”, asegura mientre ríen con Ruth. Ella dice “he aprendido mucho de Mery y de su capacidad de aprendizaje”. Una “experiencia de vida” que también trasciende a nivel familiar, “porque mis hijos me han visto dedicar el tiempo -como mínimo un día a la semana durante todo un año- a otra persona que me necesita y pienso que eso también les enriquece a ellos y les educa en valores”, afirma Ruth. Todos estamos “colgando de un hilo” a la exclusión, asegura.
Si bien el proyecto ha llegado a su fin con todos los objetivos de escolarización, empoderamiento personal y creación de red conseguidos, Mery y Ruth aseguran que su relación persistirá más allá del mismo.

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