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El voluntariado no se detiene

octubre 2020

Fundación de la Esperanza

Casa de Recés, COVID, voluntariado

Muchas personas, jóvenes o mayores, deciden ceder parte de su tiempo y de sus habilidades para ayudar a otras personas a través del voluntariado de la Fundación de la Esperanza, unas personas que se convierten en herramienta imprescindible para salir adelante con la tarea de la Fundación. Al igual que los otros servicios y personal de la Esperanza, durante la pandemia de la Covid-19 el voluntariado también se ha tenido que adaptar para no dejar de ofrecer nunca su trabajo y su compromiso en aras de combatir la pobreza y la exclusión social.

Frederic Feliu es uno de estos voluntarios que se ha reencontrado presencialmente con la Casa de Recés tras meses sin hacerlo. En su caso, explica Teresa Alsina, coordinadora del voluntariado de la Fundación, ha tenido que esperar más tiempo, ya que durante los meses de verano y por precaución con la población con más riesgo de contagio, no se realizaron algunas de las actividades de la Fundación que ahora, poco a poco y con cautela, se van recuperando.

“La verdad es que tenía muchas ganas de volver” comenta Frederic. Él ha trabajado en la industria química hasta jubilarse, y por lo tanto está muy familiarizado con los números y las fórmulas de la química, la física y las matemáticas. Hace aproximadamente un año que es voluntario en la Casa de Recés “empujado por la satisfacción personal de ayudar a otra gente y a la vez porqué creo que me ayuda mucho a mantenerme ocupado, reflexionando y usando la cabeza, es un beneficio mutuo” comenta. Antes de la pandemia, Frederic daba clases de repaso de ciencias o de catalán dos días a la semana a las jóvenes de la Casa, pero durante el confinamiento se tuvo que reinventar y adaptarse: “Fueron unos meses complicados para todo el mundo” recuerda. “Las clases las pudimos continuar y buscamos alternativas, como leer libros y comentarlo a través de llamadas de Whatsapp” explica.

“Miedo no, pero sin perder el respeto”

 

El miedo al contagio, la incertidumbre, la añoranza con las personas o la necesidad de habituarse a las nuevas medidas higiénicas y de distancia social, son cuestiones que han rondado por la cabeza de los voluntarios y de las voluntarias durante estos meses, también de Frederic. En el aula de la Fundación donde hoy vuelve a dar clases de repaso académico, ahora hay una mampara entre él y la usuaria, los dos llevan mascarilla y se lavan las manos continuamente con el gel hidroalcohólico. “No tengo miedo a contagiarme pero hace falta no perder el respecto a los protocolos que me han informado desde la Fundación de la Esperanza y seguir las indicaciones de la autoridad sanitaria” afirma. A pesar de todo, la clase ha ido bien, ya que “en el aula tengo una pizarra y es más fácil entendernos” explica. “Este trato más próximo, el cara a cara con las personas, es lo que echaba más de menos” acaba diciendo.

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